martes, 19 de enero de 2016

C. El nacionalismo socava el "acomodo" de Cataluña con España (continuación).

Ortega y Gasset, en el Parlamento de la II República pedía a catalanes y españoles, en general, que  debían  convivir  en paz y consenso, es decir, “conllevarse”. Sus consejos no fueron atendidos para desgracia de unos y otros.

Hoy, Cataluña y el resto de España se encuentran otra vez en una peligrosa encrucijada, con  crisis múltiples, interior y exterior, gobernando  el Partido Popular con mayoría absoluta. La Generalitat y grupos sociales, en estos dos últimos años, con manifestaciones multitudinarias lanzan su desafío al Estado Central defendiendo el derecho a “decidir” y a la independencia.

Pau Gordon, político conservador inglés, manifiesta su inquietud  con estas palabras que recoge el periódico español ABC (2015): “parece que los españoles  vuelven a principios de los años 30…”.

¿Qué ha pasado para llegar a esta situación?  Una vez más, el virus nacionalista se impone sobre el moderado sentido catalanista y vuelve de nuevo a buscar pretexto en el pasado, motivo de estas líneas: El “cuaderno de queja” con el complejo  victimista a partir de la abolición de los fueros catalanes por el Decreto de Nueva Planta, tras la victoria de Felipe V de Borbón en la Guerra de Sucesión española (1700) y de ahí la confusión de endosar su queja contra Castilla confundiéndola con el nombre de España.

No vamos a recordar episodios anteriores al Siglo de las Luces, basta decir que Cataluña se acopla a la dinastía borbónica de la Ilustración, en especial con Carlos III, antiguo rey de Nápoles y participa en adelante en convivencia con el resto de España hasta el punto de que dos figuras catalanas serán presidentes de la I República en el s. XIX. En este siglo, en su período romántico, se produce un sentimiento de nacionalidades en Europa que llega a Cataluña, abrigado por el natural sentimiento del terruño y espíritu tradicional de ciertas parroquias.  

De forma que como dice el catedrático de Historia, Moreno Luzón, los nacionalistas de matriz romántica apostaron por una identidad anclada en la historia y en la lengua, cuyos símbolos son la senyera, basada en el escudo histórico  y el himno Els Segadors (canción de la guerra de 1640), así como la Diada del 11 de septiembre, en memoria de los adalides de los fueros derrotados en 1714. Constata también que el catalanismo, pese a todo, no se ha moldeado en una sola identidad que pueda traducirse en un nacionalismo puro y duro.

Historiadores diversos, tanto de Cataluña como del resto de España, toman posiciones con respecto a la difusión y plasmación de este nacionalismo que se convierte en identitario y casi excluyente. Acusan a historiadores locales que nacionalizan el pasado, cosa que ocurre en otras latitudes peninsulares en nuestro s. XX. Santos Juliá afirma que eso es traicionar el oficio de historiador, de ahí que hace un homenaje a Jaume Vicent Vives por su honestidad intelectual cuando éste habla de los historiadores que fabulan y contradicen la verdad de los hechos, que debe defender la Historia.

Para los políticos de izquierda y de derecha, tanto del Estado como de la Generalitat, tuvieron en cuenta este virus del nacionalismo doméstico tanto de un lado como de otro y eran conscientes de que el peligro que se corría era recaer en un futuro de desafío separatista. Esto, a nivel de calle, lo manifestaba un sondeo del CIS que recoge la prensa española, como el diario Ideal de Granada, el 8 de noviembre de 2013, que revelaba que los nacionalismos eran una de las preocupaciones de los españoles.

No obstante, basta echar una ojeada a la realidad geográfico-política de Europa y del mundo para comprender que no es un problema solo de los españoles, esto es, “en todas partes se cuecen habas”, pero es un problema humano profundo como recoge Michel Ignatieff, politólogo de Harvard, cuando afirma  que “el peor pecado en política es la secesión en tiempos de paz”, porque obliga a la gente a tomar decisiones en materia de identidad y enfrenta a las familias, a los amigos, a los vecinos y esto puede llevar a la violencia (El Mundo 27 – 9- 2015).

Es grave para España porque la cuestión catalana subyace desgraciadamente en el imaginario colectivo, al constatar que el catalanismo desembocando en la secesión ha sido fuente de grandes males.

Con la Transición, bajo la monarquía de Juan Carlos I de Borbón, Cataluña se integra en la unidad de España con su propia peculiaridad, primero con el republicano Josep Tarradellas, venido del exilio, y posteriormente con Jordi Pujol. En la época que vivimos todo parece haber cambiado y en la próxima entrada tendremos ocasión de explicitarlo.

Jordi Pujol se fijó un objetivo preciso “hacer país”, y en veinte años de mandato fue lográndolo, reforzando elementos identitarios, diferenciándolos con el resto de los españoles, utilizando método, táctica, y programas de acción, “politizando la lengua con una política lingüística”  que produce encono en  parte de la población de  origen  castellano, “adoctrinamiento” en centros de enseñanza, “utilización partidista  de los medios de comunicación”, “utilización  de los deportes” (Club y Nou Camp)  activando enfrentamiento, “inventar tradiciones para contraponerlas a las costumbres  españolas”, etc.  En otra entrada seremos más explícitos para entender “ese choque de trenes” que parece que iba a producirse entre su sucesor Artur Mas, presidente de la Generalitat, y el gobierno central, presidido por el gobierno de Mariano Rajoy, del Partido Popular.

La minoría dirigente del país y de Europa buscan una salida que evite el conflicto, de ahí que una de las aportaciones que puede resumir este espíritu de conciliación viene de un catalán politólogo de buen seny llamado Francesc de Carreras que escribe la necesidad de que surja un nuevo catalanismo (El País el 9 de septiembre de 2015) diciendo: “hay que aprovechar el bilingüismo natural que se respira en la sociedad e intervenir en la política española para aumentar la prosperidad general y defender una Cataluña solidaria”. Estas palabras nos suenan a políticos de altura, nuevos retoños, muchos nacidos en Cataluña, que aspiran a mantener el espíritu de consenso de la pacífica Transición española de 1978, haciendo reformas de fondo y hacer posible la aspiración de la inmensa mayoría de la población catalana y española.


2 comentarios:

  1. Realmente,Antonio has definido claramente la situación política que se vive en Cataluñya y con datos objetivos. Lástima que una inmensa mayoría de catalanes no tengan presente la historia de su propia comunidad y se lancen a los brazos de ciertos historiadores interesados en desmontar con diferentes argumentos manipuladores, la esencia de un pueblo que ha dado ejemplo de lealtad a las instituciones españolas en muchos momentos históricos de la unidad de España en el transcurso de la historia. Que ha pasado en tan poco tiempo para dar la espalda a la nación que les ha cuidado y protegido tanto económicamente como socialmente ?

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  2. Realmente,Antonio has definido claramente la situación política que se vive en Cataluñya y con datos objetivos. Lástima que una inmensa mayoría de catalanes no tengan presente la historia de su propia comunidad y se lancen a los brazos de ciertos historiadores interesados en desmontar con diferentes argumentos manipuladores, la esencia de un pueblo que ha dado ejemplo de lealtad a las instituciones españolas en muchos momentos históricos de la unidad de España en el transcurso de la historia. Que ha pasado en tan poco tiempo para dar la espalda a la nación que les ha cuidado y protegido tanto económicamente como socialmente ?

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