El instrumento que cimentó esa paz fue una Constitución “hospitalaria”, ilusionante, consensuada tras una prueba
fehaciente de audacia y proyecto político sugestivo como fue la
Reforma Política del Sistema, “de la ley a la ley”, más allá de la reforma, propiciada
por el Rey Juan Carlos I y su Jefe de Gobierno, Adolfo Suárez, apuntalada por
el aval del pueblo español en referéndum. Fueron unos
años que con una oposición
política responsable la ciudadanía
con Gobierno y Cortes realizamos la llamada Transición Política
a la Democracia.
Así lo he vivido yo,
con muchos millones de compatriotas de mi
generación y sufridos mayores, sin que
terroristas de todo pelaje, ni
tozudos inmovilistas , ni peligrosas amenazas exteriores, afectaran al
coraje de nuestra patriótica decisión de conseguir
la convivencia en paz de todos los
españoles, superando el sangriento pasado de guerra civil, precedente y renuente presente, a la búsqueda de un futuro resplandeciente. Ha
sido la mejor Constitución española posible, redactada por representantes políticos y juristas de UCD, PSOE, PC,
Alianza Popular, CIU, grandes partidos
del arco parlamentario, que han pasado a
la historia constitucional de España.
En esas Cortes democráticas han tomado
asiento representantes de la España
guerra - civilista de 1936, comunistas desde Dolores
Ibárruri, “La Pasionaria” y Santiago Carrillo, socialistas republicanos del exilio, y nuevas
generaciones políticas, incluido ex – franquistas - hasta el apellido Calvo Sotelo - , del líder de aquella
Derecha, asesinado en aquel Frente Popular de la II República, días antes del 18
de Julio del nefasto año citado.
Éramos muchos, gran mayoría también, los que votamos
la Constitución de 1978. Nos movía - repitámoslo
de nuevo - el ferviente
deseo de mirar hacia
adelante y restañar
las heridas de una guerra civil “ de nuestros padres”, en la que no
habíamos participado y que con justicia
debíamos superar.
Las dolorosas sentencias
de Larra, Antonio Machado, y el mismo Azaña - “paz piedad y perdón”
- en los siglos XIX y XX resonaban en mi
recuerdo ante la vista del
milagroso espectáculo de paz de
aquellos representantes en las Cortes
democráticas de finales años 70 ,
del siglo XX.
Cuatro décadas después el Mundo, Europa y España están muy cambiados,
irreconocibles, con nuevos
y apabullantes problemas
de todo tipo. España está pasando
por una crisis de amplios
tentáculos, que se enroscan en
el cuerpo nacional
con peligro de asfixia. Algunos han
surgido de nosotros
mismos, de nuestra pirámide
social - base, mediana y cúspide -y especialmente de parte de nuestra clase dirigente.
La Constitución
de 1978 nació con amplias miras
y hoy parece a muchos
imperfecta, pero habrá que rejuvenecerla, acomodarla
a realidades trascendentes, enriquecerla, pero nunca
ofenderla como obsoleta. Denigrarla como culpable de nuestros
actuales males es una injusticia y un
boomerang contra nosotros mismos. Ha habido errores de Gestión Pública de gobiernos, de
improvisación e imprevisiones, sumado a pérdida de nuestra calidad ética y espiritual, adorando “el becerro de
oro” que nos lleva siempre a la
codicia y a la CORRUPCIÓN.
Por eso me gusta recordar la frase del poeta francés,
Charles Péguy, socialista y cristiano: “la falta de ética en la Política es una
traición a la Historia” y en nuestro caso también una traición a la Constitución. Muchas tribulaciones vienen de ahí. Ese fallo
humano no es culpa doctrinal de la Constitución.
La Constitución es la
Carta Magna de nuestra convivencia
política, brújula y orden de acción. En 1977 y 78 había un imperativo
categórico que incidía
en los padres de la Constitución, todavía non nata. Hoy conseguir un consenso constitucional “ex - novo ” sería
casi imposible. Pero las imperfecciones,
deficiencias, lagunas, etc. del texto
constitucional pueden subsanarse sin
derribar el fuste. Se requiere realismo, claridad
de ideas y máximo consenso, con sus inevitables renuncias compartidas. Pero son las leyes
orgánicas inapropiadas, que desarrollan el texto constitucional; las acciones fallidas de las
instituciones y órganos políticos deficientes ; los humanos errores de las clases dirigentes del País; los Gobiernos y
Parlamentos poco exitosos en su acción; y un contexto
socio-económico interior y
exterior y de capitalismo sin freno, los verdaderos
responsables de las crisis que estamos
viviendo. Crisis que no se puede culpar a una Constitución considerada obsoleta, anacrónica, camisa de fuerza que nos
impide caminar. Si un día decidimos cambiarla
ya sabemos lo que cuesta un paño.
Los grandes
hombres que redactaron la Constitución de los Estados
Unidos, valientes en su fe, la sirvieron
con lealtad a través de los años con
todas las enmiendas necesarias. Ese es el
motivo fundamental de que no
parezca anacrónica y obsoleta
las dos veces centenaria Constitución
americana.
De ahí que el mejor
servicio que juntos podemos hacer y hacernos
es leerla, jurarla y servirla, conjuntando todos los datos y métodos para
darle vida, renovándola; arriarla en
su caso con todo respeto e izar
la renovada con el mayor consenso
posible, de forma que
haya un patriotismo
constitucional con refrendo del pueblo soberano. Así acertaremos.
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