sábado, 13 de diciembre de 2014

LA CONSTITUCIÓN DE 1978: LEALTAD Y SERVICIO

Hubiéramos acabado mal todos los españoles, víctimas de nuestros históricos demonios familiares, si no hubiera habido  tras la muerte del general Franco (+ 1975)  la inteligencia  emocional de buscar la concordia  y “La paz de  los valientes”, después de una incivil guerra y periodos  dictatorial y autoritario, de casi cuarenta años: el hecho más dramático  y trágico para los españoles, vivido entre sí,  en su propia Historia.

El instrumento que cimentó esa paz fue una Constitución  “hospitalaria”,  ilusionante, consensuada tras una prueba fehaciente de  audacia y  proyecto político sugestivo como fue la Reforma Política del Sistema, “de la ley a la ley”, más allá de la reforma, propiciada por el Rey Juan Carlos I y su Jefe de Gobierno, Adolfo Suárez, apuntalada por el aval del pueblo español en referéndum.  Fueron unos  años  que con  una oposición  política  responsable  la ciudadanía  con Gobierno y  Cortes  realizamos  la llamada Transición  Política  a la Democracia.

Así lo he vivido  yo, con muchos millones  de compatriotas  de mi  generación  y  sufridos mayores, sin  que  terroristas  de todo pelaje, ni tozudos  inmovilistas , ni  peligrosas amenazas exteriores, afectaran al coraje de nuestra  patriótica decisión  de  conseguir la convivencia  en paz de todos los españoles, superando  el  sangriento pasado de  guerra civil,   precedente y renuente presente,  a la búsqueda de un futuro resplandeciente. Ha sido la mejor  Constitución  española posible,  redactada por representantes  políticos y juristas de UCD, PSOE, PC, Alianza Popular, CIU, grandes  partidos del arco parlamentario,  que han pasado a la historia constitucional  de España.

En  esas  Cortes democráticas  han tomado   asiento  representantes de la España guerra - civilista  de 1936, comunistas desde  Dolores  Ibárruri, “La Pasionaria” y Santiago Carrillo,  socialistas republicanos del exilio, y nuevas generaciones políticas,  incluido  ex – franquistas  -  hasta  el apellido Calvo Sotelo - , del líder de aquella  Derecha,  asesinado en aquel Frente Popular  de la II República, días antes  del  18 de Julio  del nefasto año citado.

 Éramos  muchos, gran mayoría también, los que votamos la Constitución de 1978. Nos movía   - repitámoslo de nuevo -  el  ferviente  deseo  de mirar hacia adelante  y  restañar  las heridas de una guerra civil “ de nuestros padres”, en la que no habíamos  participado y  que  con justicia  debíamos superar.

Las dolorosas sentencias  de Larra, Antonio Machado, y el mismo Azaña - “paz piedad y perdón” -  en los siglos XIX y XX resonaban en mi recuerdo ante  la vista  del  milagroso  espectáculo de paz  de  aquellos  representantes  en las Cortes  democráticas de finales  años 70 , del siglo XX. 

Cuatro décadas después  el Mundo, Europa y España están muy cambiados, irreconocibles,  con  nuevos  y  apabullantes  problemas  de todo tipo. España está pasando  por una  crisis de amplios tentáculos, que  se enroscan  en  el  cuerpo  nacional  con peligro  de  asfixia. Algunos  han  surgido  de  nosotros  mismos, de nuestra  pirámide social - base, mediana y cúspide -y especialmente  de parte de nuestra clase  dirigente.
 
La Constitución  de 1978  nació con  amplias miras  y hoy parece  a  muchos  imperfecta, pero   habrá que rejuvenecerla,  acomodarla  a  realidades  trascendentes,  enriquecerla, pero  nunca  ofenderla  como  obsoleta.  Denigrarla como culpable de nuestros actuales  males es una injusticia y un boomerang contra nosotros mismos. Ha habido  errores de Gestión Pública de gobiernos,  de   improvisación e imprevisiones, sumado a pérdida  de nuestra calidad  ética y espiritual, adorando “el becerro de oro” que nos lleva  siempre a la codicia  y a la CORRUPCIÓN.

Por eso me gusta recordar la frase del poeta francés, Charles Péguy, socialista y cristiano: “la falta de ética en la Política es una traición a la Historia” y en nuestro caso también una traición a la Constitución.  Muchas tribulaciones vienen de ahí. Ese fallo humano  no es culpa doctrinal  de la Constitución.

La Constitución  es la Carta Magna de nuestra  convivencia política,  brújula y orden  de acción. En 1977 y 78 había un imperativo categórico  que  incidía  en los padres de la Constitución, todavía non nata. Hoy  conseguir un consenso  constitucional  “ex -  novo ” sería  casi imposible. Pero las  imperfecciones,  deficiencias, lagunas, etc. del texto constitucional  pueden subsanarse  sin  derribar el fuste.  Se  requiere realismo,  claridad  de ideas y máximo consenso,  con  sus inevitables  renuncias compartidas.  Pero  son las leyes  orgánicas inapropiadas, que desarrollan el texto constitucional;   las acciones  fallidas  de  las instituciones y  órganos políticos  deficientes ;  los humanos errores  de las  clases dirigentes del País; los Gobiernos y Parlamentos poco exitosos en su acción;   y un  contexto  socio-económico  interior y exterior y  de capitalismo  sin freno,   los  verdaderos responsables  de las crisis que estamos viviendo. Crisis que no se puede culpar a  una Constitución  considerada  obsoleta, anacrónica, camisa de fuerza que nos impide caminar. Si un día decidimos   cambiarla ya sabemos  lo que cuesta  un paño.  
  
 Los  grandes  hombres  que redactaron  la  Constitución de  los Estados  Unidos, valientes en su fe,  la sirvieron  con lealtad  a través de los años con todas las enmiendas necesarias. Ese es el  motivo  fundamental  de que   no  parezca  anacrónica  y obsoleta  las  dos  veces centenaria   Constitución  americana. 

De ahí  que el mejor servicio que juntos podemos hacer y  hacernos  es  leerla, jurarla y servirla,  conjuntando todos los datos y  métodos para  darle  vida, renovándola;   arriarla en  su  caso con todo respeto e izar la renovada con el  mayor consenso posible,  de forma  que  haya  un patriotismo constitucional con refrendo del pueblo soberano. Así  acertaremos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario