En otro
comentario de este verano,
manifestaba mi dolor solidario por
la catástrofe ferroviaria de
Madrid–Ferrol, con un balance terrible
de vidas humanas. Ahora, ya no hay
lágrimas en nuestros ojos, secos
en esta hora de septiembre por el
fuego incendiario de faunos asesinos. Otra vez más, Galicia sufre de incendios que
pudieran ser provocados intencionalmente: ¿Cómo, quiénes y porqué se incendian
esos bellísimos parajes naturales de Pindo, Eziro, Mazarico, Carnota…, como
otros de años atrás? Sufre su litoral, sufre sus montes, sufre su pueblo, sufre
Galicia entera.
Desde mi vega granadina, hoy, puedo afirmar que todo lo que hay de noble y humano en España y en el mundo está contigo, Galicia, pueblo insigne. Así te he conocido y así te verá por último mi mirada postrera. En los Relatos que escribo sobre la España contemporánea, recordaba lo que sentía en mi adolescencia ferrolana, recién venido de Andalucía: “En esa mañana jubilosa Galicia hacía su presentación, con su bello paisaje verdoso y su llamativo paisanaje. Tres hombres de aspecto labriego se disponían a saciar su apetito, mientras hablaban entre ellos su rústico lenguaje que en su día fue una de las manifestaciones lingüísticas y culturales más importantes del Medievo románico…” Ahí se inició una empatía hasta devenir un gallego adoptivo enamorado de la lengua, la cultura y de su historia, rama entroncada en el gran árbol de España, con una mirada bifronte hacia América y hacia Europa, igualmente correspondida. Y seguía yo escribiendo: “Galicia me dejó su huella durante diez años fundamentales de mi existencia. Mi madre se fundió con su tierra y de cualquier lugar donde me llevare el destino volvería a Galicia como un peregrino”.
Ánimo, hermanos gallegos, volverán a renacer vuestros bosques, vuestro bello verdor, porque “a raíz do toxo verde e moi malo de arrincare!” Ante la tragedia de nuestra Galicia llena de ceniza, os invito a seguir fieles a vuestra sangre, y a la mía, porque “os amoriños primeiros son moi malos de olvidare”.
Desde mi vega granadina, hoy, puedo afirmar que todo lo que hay de noble y humano en España y en el mundo está contigo, Galicia, pueblo insigne. Así te he conocido y así te verá por último mi mirada postrera. En los Relatos que escribo sobre la España contemporánea, recordaba lo que sentía en mi adolescencia ferrolana, recién venido de Andalucía: “En esa mañana jubilosa Galicia hacía su presentación, con su bello paisaje verdoso y su llamativo paisanaje. Tres hombres de aspecto labriego se disponían a saciar su apetito, mientras hablaban entre ellos su rústico lenguaje que en su día fue una de las manifestaciones lingüísticas y culturales más importantes del Medievo románico…” Ahí se inició una empatía hasta devenir un gallego adoptivo enamorado de la lengua, la cultura y de su historia, rama entroncada en el gran árbol de España, con una mirada bifronte hacia América y hacia Europa, igualmente correspondida. Y seguía yo escribiendo: “Galicia me dejó su huella durante diez años fundamentales de mi existencia. Mi madre se fundió con su tierra y de cualquier lugar donde me llevare el destino volvería a Galicia como un peregrino”.
Ánimo, hermanos gallegos, volverán a renacer vuestros bosques, vuestro bello verdor, porque “a raíz do toxo verde e moi malo de arrincare!” Ante la tragedia de nuestra Galicia llena de ceniza, os invito a seguir fieles a vuestra sangre, y a la mía, porque “os amoriños primeiros son moi malos de olvidare”.

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