
Pero si bien
individualmente las partes componentes tienen su propia personalidad histórica,
pasado el medievo surge Castilla, de
norte a sur, como núcleo catalizador, tras
la invasión árabe de 714 d.C. Esa Castilla que en el devenir del tiempo se
funde o confunde con el término España,
quizá con más relieve tras el descubrimiento de América, que por cierto y quizá por desgracia para España –según J.
Elliot, historiador e hispanista inglés - Aragón y Cataluña estuvieron más marginados.
Por la parte del Este,
el reino de Aragón con el Condado, vieja marca hispánica en tierras
hoy francesas, y `por su avance en el Mediterráneo fue el
crisol de la futura Cataluña, que
ya muestra su celosa defensa del propio
acerbo lingüístico y cultural,
tal vez descuidado por el Antiguo
Régimen absolutista en beneficio del
castellano como lengua “koiné” – nacional –
del imperio “donde no se ponía el sol”.
A mi me llamó mucho la atención en aquella época juvenil de
gobierno franquista de matiz nacionalista y autoritario en el que me definían a España como ”una
unidad de destino en lo universal”,
“como una suprema realidad”, que
los catalanes no achacaran
sus presuntas cuitas, pretéritas
o actuales a Castilla sino a todo el
conjunto, es decir a España. Cataluña
era, pues, una cosa y España otra.
¿Cuándo se produjo esa falla orogénica en la historia política de las Españas?
Es verdad que con Felipe II, el reino de Aragón, tuvo un grave percance, y con
Felipe IV un conato de independencia, y
con Felipe V, de Borbón, la guerra de
Sucesión, y con el siglo XIX y XX no
pocos sobresaltos, pese a haber habido catalanes gobernando en la cima del
Estado central.
Qué poco han cuidado
también los otros españoles - “castellanos” -
políticos y demás, la frase “Cataluña como
el resto de España…” diciendo en su lugar “Cataluña y España” dicho por economía de lenguaje, pereza mental o intencionalidad política
divisoria.
Los “españoles castellanos” no hemos leído cierta “Historia de Cataluña”, escrita por “catalanes
“ reivindicativos, sin confrontar sus afirmaciones , de forma que se
ha creado un imaginario colectivo que ha llevado a un sector importante del
pueblo de Maravall, Maciá, Dalí y de
Pujol, a una Cataluña victimista y
abiertamente secesionista con ribetes
de traición de lesa patria común mientras
el resto de España seguía absorto, incrédulo y dolorido.
No hay un español bien conformado que no admira las buenas
cualidades del pueblo catalán, pese a
que a cualquier enajenado se le escape algún exabrupto, como
ocurrió en el Parlamento republicano de
1931- 36, cuando una meninge acalorada
gritó “¡ Muera Cataluña!”, que hizo reaccionar a un diputado llamado José Antonio Primo de Rivera, de noble estilo, respondiendo con
energía que esa era “una frase impropia
de un buen español y quien lo mantuviera merecería el castigo de la cólera divina”.
Siempre, en mis perdonables años de nacionalismo juvenil español y máxime hoy en mi ancianidad
europeísta, desde los años 60, he
mantenido con Cataluña y los catalanes un gran sentido de fraternidad. Todo
empezó con mi bautismo jordánico del Congreso
Eucarístico de Barcelona de los años
50. Después con mis contactos campamentales con
jóvenes de toda España, incluidos los de Llobregat, con mis reclutas en
el Ejército, con los emigrantes catalanes
por Europa y con los profesores de la Cataluña universitaria extendidos por el
Estado español me he sentido confirmado como un español universal. La primera vez me dio envidia que hablaran su
catalán en mi presencia, pero comprendí que no lo hacían por molestarme. Así que
lo inteligente era aprenderlo o al menos respetarlo con el espíritu de Antonio
Machado que recuerda a “la gran Castilla de antaño, generosa, fecunda en
capitanes y no la Castilla envuelta en sus andrajos que desprecia cuanto ignora”.




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