martes, 5 de agosto de 2014

CASTILLA Y CATALUÑA: BISAGRAS DE ESPAÑA

En  mis adolescentes años 50 del siglo  XX,  en  el contexto escolar y  ambiente público   descubría la noción de España, o de cierta España, al par que iba conociendo paso a paso sus entrañas: Andalucía, Galicia, Castilla, Cataluña,  País Vasco y  con  sus habitantes amé a otros hermanos  de singular historia: asturianos, cántabros, riojanos, extremeños,  valencianos, aragoneses, isleños y periféricos. Y también nos enseñaron el substratum de todos los pueblos que por el sur o por el este nos visitaron y dejaron su impronta en la piel de toro que configura la península ibérica.



Pero  si bien individualmente las partes componentes tienen su propia personalidad histórica, pasado el medievo  surge Castilla, de norte a sur,  como núcleo catalizador, tras la invasión árabe de 714 d.C. Esa Castilla que en el devenir del tiempo se funde o confunde con el  término España, quizá con más relieve tras el descubrimiento de América, que por cierto  y quizá por desgracia para España –según J. Elliot, historiador e hispanista inglés -  Aragón y Cataluña estuvieron más marginados.


Por la parte del  Este, el  reino de Aragón  con el Condado, vieja marca hispánica en tierras hoy francesas, y `por  su  avance en el Mediterráneo  fue el  crisol de la futura Cataluña,  que ya muestra su celosa defensa del propio  acerbo  lingüístico y cultural, tal  vez descuidado por el Antiguo Régimen  absolutista en beneficio del castellano como lengua “koiné” – nacional –  del imperio “donde no se ponía el sol”.


A mi me llamó mucho la atención en aquella época juvenil de gobierno franquista de matiz nacionalista y autoritario  en el que me definían a España como ”una unidad de destino en lo universal”,  “como una suprema realidad”,  que los catalanes  no  achacaran  sus  presuntas cuitas, pretéritas o actuales  a Castilla sino a todo el conjunto, es decir a  España. Cataluña era, pues,  una cosa y España otra. ¿Cuándo se produjo esa falla orogénica en la historia política de las Españas? Es verdad que con Felipe II, el reino de Aragón, tuvo un grave percance, y con Felipe IV  un conato de independencia, y con  Felipe V, de Borbón, la guerra de Sucesión, y  con el siglo XIX y XX no pocos sobresaltos, pese a haber habido catalanes gobernando en la cima del Estado central.

Qué poco  han cuidado también los otros españoles - “castellanos” -  políticos y demás,  la frase   “Cataluña como el resto de España…” diciendo en su lugar  “Cataluña y España” dicho  por economía de lenguaje,  pereza mental o intencionalidad política divisoria.


Los “españoles castellanos” no hemos leído cierta  “Historia de Cataluña”, escrita por “catalanes “ reivindicativos,  sin  confrontar sus afirmaciones , de forma que se ha creado un imaginario  colectivo  que ha llevado a un sector importante del pueblo de Maravall, Maciá,  Dalí y de Pujol, a una Cataluña victimista y  abiertamente secesionista con ribetes  de traición de lesa patria común  mientras el resto de España seguía absorto, incrédulo y dolorido.

No hay un español bien conformado que no admira las buenas cualidades  del pueblo catalán,   pese  a que  a cualquier  enajenado se le escape algún exabrupto, como ocurrió  en el Parlamento republicano de 1931- 36, cuando  una meninge acalorada gritó “¡ Muera Cataluña!”, que hizo reaccionar a un diputado llamado  José Antonio Primo  de Rivera, de noble estilo, respondiendo con energía que  esa era “una frase impropia de un buen español y quien lo mantuviera merecería  el castigo de la cólera divina”.

Siempre,  en mis  perdonables años de nacionalismo  juvenil español y máxime hoy en mi ancianidad europeísta,  desde los años 60, he mantenido con Cataluña y los catalanes un gran sentido de fraternidad. Todo empezó con mi bautismo jordánico del Congreso  Eucarístico de Barcelona de los años  50. Después con mis contactos campamentales  con  jóvenes de toda España, incluidos los de Llobregat, con mis reclutas en el Ejército, con  los emigrantes catalanes por Europa y con los profesores de la Cataluña universitaria extendidos por el Estado español me he sentido confirmado como un español universal.  La primera vez me dio envidia que hablaran su catalán en mi presencia, pero comprendí que no lo hacían por molestarme. Así que lo inteligente era aprenderlo o al menos respetarlo con el espíritu de Antonio Machado que recuerda a “la gran Castilla de antaño, generosa, fecunda en capitanes y no la Castilla envuelta en sus andrajos que desprecia cuanto ignora”.



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