En estos años de crisis, finales de primera década del siglo XXI,
manifestaciones y protestas
sectoriales iban acompañadas de
banderas republicanas, portadas por los
que quieren hacer confundir el rábano
con las hojas. Semanas atrás, especialmente, coincidiendo
con la voluntaria e inesperada
abdicación del Rey Juan Carlos I,
impulsor de la Transición a la Democracia, sobrevenida no sin grandeza, tras
una guerra civil y una larga dictadura.
Ello es consecuencia de los
efectos de crisis de todo tipo que han zarandeado al país generando un malestar
popular justificado. ¡Pensemos en
casi seis millones de
personas en paro, y otras penurias, con testimonio de
intolerable corrupción por doquier!
El desprestigio de gran
parte de la clase dirigente del país– tildada de “casta” - unido a lo
que afectaba al vértice del
Estado era como una
representación visual de la
Nación, amenazada por otra parte tanto
en el interior como por el exterior. Por
tanto la indignación de los españoles estaba y está justificada.
Un sector de la nación
intenta desprestigiar y querer arrumbar
el sistema político de esta II Restauración monárquica, personificado en
la persona de Juan Carlos de Borbón que
ha realizado una labor histórica de
enorme magnitud. No dar opción a
la renovación y regeneración del
sistema que se inspira en la
Constitución consensuada de 1978, que ha dado
a los ciudadanos cuarenta
años de paz y progreso, es no
solo un error histórico sino una actitud
demencial de salto al vacío. Ya están
a la palestra vetustos
nostálgicos y neo-republicanos de ocasión para ver si cae del machito otro abril del 31, por mor
de las crisis. A ver si
la Tercera es la vencida. Si yo
fuera ciudadano francés me atraería ésta opción, o lo comprendería; como español - no he
tenido cuna monárquica ni republicana - me ha
interesado más el fondo que la forma. En
este tiempo que vivo, sin mucho plazo, me gustaría ver el coraje de una juventud que alumbre su disconformidad haciendo propuestas decisivas en interés del
país sin dejarse llevar de la ceguera, de aventuras
sin venturas, de flautas
halagadoras , de imitaciones a lo Penélope, sin atolondramiento a lo Pandora, sin imitar a locuaces aprendices de brujo… y de atávicas conspiraciones
decimonónicas, reaccionarias. Los
jóvenes suelen ser idealistas pero no insensatos.
Los pocos supervivientes
de 1931-36, y sus hijos – ahora abuelos- , mantienen el recuerdo colectivo de aquella
alegre primavera de abril 1931
cuando Alfonso XIII, el abuelo del Rey Juan Carlos, empujado por
manifestaciones populares, tras una
elecciones municipales, dejaba el trono
al comité revolucionario del
Pacto de San Sebastián, tal era la debilidad del régimen
monárquico . Aquella explosión de
alegría y esperanza de regeneración del
país, del 14 de abril de 1931,
pronto fallida, que fue la II República,
se disolvió en un periodo de
cinco años terminando en un golpe
militar en Julio de 1936, la
guerra civil entre españoles y una
dictadura de cuarenta años, que
sobrevivió a una guerra
mundial y a un nuevo orden
internacional, y en España sin libertades
políticas de régimen democrático
liberal.
Desde 1931 a
nuestra época actual han
transcurrido 83 años. Recordemos por última vez antes de partir. En 1975, muerto Franco, vino
un proceso de real reconciliación entre los españoles
con la Monarquía
de Juan Carlos, que logra
desatarse de su inicial compromiso
franquista para ser “el rey
de todos los españoles”, firmando
y apoyando la mejor Constitución
que los españoles se han dado en
la Historia. En esas Cortes juancarlistas
se han sentado comunistas, falangistas,
liberales, socialistas, nacionalistas,
luchadores de la guerra civil con los nacidos en la paz, que han
redactado, con consenso, la Constitución
de 1978. El núcleo duro del
antiguo régimen “el bunker”,
inmovilista, que ofreció grandes resistencias al cambio
de régimen autoritario acabó con
penas y sin gloria.
Con el tiempo toda la
coexistencia o convivencia política española
se perfilará de forma más clara en el futuro, y se verá quien
ofrece trigo limpio. Sabremos a
continuación si hemos hecho “la paz perpetua”, o por lo menos “la pipa de la paz” o sólo la
paz de la frágil paloma. ¿No hemos aprendido
nada de la Historia? Conocerla
con máxima objetividad es la posibilidad de que no nos utilicen para sus avíos los presuntos “oradores”
montados sobre cualquier peana
salvadora.



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